La pandemiade la COVID-19
obliga a las autoridades a reformar el sistema de salud que en nuestro
país tiene problemas estructurales, como su fraccionamiento.
Tarea pendiente para el próximo Gobierno, la reforma del sistema de salud. | Fuente: Andina
Hace unos días se conoció que, de marzo 2020 a mayo 2021, la cifra de fallecidos por COVID-19 en el Perú es
de 180 764. Esta cifra es equivalente a la capacidad de tres estadios
nacionales llenos. Y si bien la pandemia de la COVID-19 golpeó a los
sistemas de salud de todo el mundo, en el Perú el impacto ha sido más
devastador. Una tragedia así obliga a las autoridades a reformar el
sistema de salud que en nuestro país tiene problemas estructurales, como su fraccionamiento.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Ministerio de Salud (Minsa)
ofrece servicios de salud para el 60% de la población, EsSalud cubre el
30%; y la Sanidad de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional Fuerzas
Armadas, y el sector privado proporcionan servicios sanitarios al 10%
restante.
Para la especialista en salud pública de la
Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) Magaly Blas, un sistema
fraccionado es desarticulado e ineficiente. “Se gasta mucho en
burocracia que mantienen cuatro subsistemas: Minsa, Essalud, FFAA y PNP.
Cada uno tiene sus estándares de administración y los servicios son
diferentes”, indicó.
¿Y cómo se vio el fraccionamiento en la pandemia? Por ejemplo, en una familia con solo un miembro asegurado a EsSalud sí podía tener acceso a una prueba diagnóstica, sin embargo, otros miembros sin EsSalud
no se les tomaba la prueba. “No puedes hacer identificación de casos
positivos, rastreo de contactos. No puedes saber información de cuántas
camas UCI hay porque todo está fraccionado”, refiere la especialista.
“Creo
que el fraccionamiento del sistema de salud ha probado ser dañino para
enfrentar una pandemia como esta y la idea es que, si bien hubo intentos
de articulación, esta pandemia nos enseña una gran lección que esto
debe cambiar. Así como otros lugares que han tenido sistemas desarticulados y con un evento mayor se han tenido que unificar, el Perú debería aprovechar esta gran lección para unificarlos”, añadió Blas.
La propuesta
Magaly Blas señala que desde la iniciativa
ciudadana INCIDE han propuesto un nuevo primer nivel de atención
integrado. Se trata de unificar a los diferentes subsistemas de salud para
que funcionen en una región como uno solo. Este nuevo primer nivel de
atención debería adecuarse a las distintas realidades, ser gratuito y
que siga al paciente a lo largo del tiempo.
“A la larga va a
conllevar a un ahorro para el Estado, porque vas a invertir en el primer
nivel y ya no en trasplante renal para un paciente diabético que si
hubiera sido controlado en el primer nivel de atención no hubiera
llegado a necesitar trasplante”, manifestó.
Para la
implementación de esta propuesta se contempla, además de mejorar la
recaudación, un fondo nacional de salud. “Lo que planteamos es que cada
subsistema dé fondos para un Fondo Nacional en común que sea el que
financie la implementación en territorio bajo las redes integradas de
salud que ya existen”, manifestó.
El bache: la continuidad de las políticas
Desde
el retorno a la democracia en el 2000 hasta la actualidad, ha habido
hasta 21 designaciones de ministros de Salud, lo que ha dificultado la
continuidad en las políticas públicas. La situación en las regiones es
similar: las personas encargadas de la Direcciones Regionales de Salud
cambian constantemente.
La más reciente apuesta gubernamental para
el fortalecimiento de los servicios públicos de salud está orientado a
la creación de las denominadas redes integradas de salud (RIS).
“No
hay continuidad en las políticas. Una gestión promueve una ley que la
otra gestión la anula, así hemos estado viviendo desde el 2016. Luego se
establece las RIS en el 2018 y recién en el 2020 se saca el Decreto
Supremo que dice que las van a volver más operativas, pero no hay
continuidad de política de ese tipo, no hay como una visión que diga
vamos a orientarlo e integrarlo”, manifestó Blas.
Por su
parte, el decano del Colegio Médico del Perú, Miguel Palacios Celi,
sostuvo que el próximo gobierno debe realizar una convocatoria amplia
para una comisión múltiple que integre tanto organizaciones sociales,
sociedades médicas y técnicas, para iniciar un proceso de reforma del
sistema sanitario. “La fragmentación institucional es uno de los
problemas que se tiene que resolver. Esta comisión tiene que plantear
una hoja de ruta, de manera progresiva, sólida. Es difícil entrar a EsSalud
y decirles ‘ahora todos somos iguales’. Tiene que ser de una forma
progresiva, se puede empezar transformando redes integradas de salud que
permitan fluidez de atención”, sostuvo.
Palacios Celi
también considera que la ausencia en una reforma sanitaria de largo
plazo se debió al desinterés de nuestra clase política. “Si ahora no
resolvemos el problema del sistema de salud del Perú, vamos a seguir
padeciendo estragos en el futuro. Durante estos 46 años, a la clase
política no le interesó resolver el tema de salud”, reflexionó.
Asimismo,
señaló que todo intento de reforma que busque ser sostenido en el
tiempo debe involucrar la participación social y profesional. “Este
nuevo intento de reforma que debe promover y llevar adelante el nuevo
gobierno tiene que incluir no solamente la unificación, no solamente un
presupuesto sólido y que constantemente se incremente a razón del 0.5%
del PBI cada año, sino también debe incluir una nueva forma de
gobernanza que dé participación a la sociedad civil organizada, así como
a los profesionales”, dijo Celi y añadió que para todo ello también es
necesaria la estabilidad política.
Primero ordenar la casa
Al inicio del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, se designó una comisión de protección social
que tuvo como mandato proponer políticas sobre pensiones y sobre salud.
“En el tema de salud lo que hizo ese equipo fue proponer un camino
gradual donde se aseguraba la cobertura financiera marchando hacia un
fondo único, pero es un proceso larguísimo porque hay varias etapas
intermedias. Lo valioso de esta propuesta era que teníamos todos los
peruanos una cobertura sanitaria financiada por el Estado y los
diferentes regímenes que iban poco a poco articulando en un fondo
mancomunado. Es un elemento valioso, pero con toda la crisis de los
últimos cincos años, eso quedó en el papel”, detalló César Amaro,
consultor de Videnza.
Amaro considera que, si bien idealmente los
fondos en salud deberían ir a uno mancomunado, un elemento legal a
considerar es que los fondos de EsSalud son
constitucionalmente intangibles. “Hablar de un fondo único en frío es
inviable política y legalmente, sí se puede ir construyendo de manera
gradual un gran gestor de un fondo mancomunado, no digo integrados, pero
sí diferenciados pero gestionados bajo una gran cartera de recursos
seria muy potente para que haya un financiamiento equitativo”,
manifestó.
Para Amaro, la reforma en el sector salud también
pasa por ordenar primero la casa. “Tener un ente rector que es el
Ministerio de Salud que se dedique al rol de conducción del sistema con
una misión y visión en común”. Algo que ocurre actualmente es que el
Ministerio de Salud dedica gran parte de su tiempo a las labores
operativas, de logística y de organización de los hospitales de Lima, a
través de la Direcciones de Redes Integradas de Salud (DIRIS).
“Tenemos
un rector que es como un piloto de avión que está dedicado a cuidar que
los pasajeros tengan cinturón de abrochado, en lugar de velar de que la
aeronave funcione bien y tenga un curso de acción. El Minsa dedica buen
tiempo a labor operativa, logística y se distrae de su labor de
rectoría”, manifestó.
Los especialistas consultores para este
informe coinciden que el sistema actual no puede mantenerse tal como
está. La reforma en el sector salud no puede esperar a que llegue otra
pandemia.
“En nuestro país, prácticamente todo el que podía infectarse se infectó", sostuvo el especialista. (Foto: JAVIER ZAPATA)
Algunos especialistas se pronunciaron sobre un segundo brote o una
segunda ola del virus tras las declaraciones de Jesús Valverde, el
presidente de la Sociedad Peruana de Medicina Intensiva (Sopemi), sobre
el alza en el número de contagios de COVID 19.
Valverde manifestó que “hace unas semanas vemos un incremento
importante de casos en los hospitales (…) y tenemos que estar atentos a
la evolución de los casos sobre todo en cuidados intensivos”. A este
escenario se suma la información que Fernando Donayre, médico
infectólogo del Instituto Nacional de Salud (INS), sobre el primer caso
de reinfección por COVID-19 en el Perú.
En ese escenario, el economista y exintegrante del Grupo Prospectiva,
Farid Matuk, explicó que “mientras en el resto del mundo hay ‘olas’,
nosotros tuvimos un «combo-tsunami» -de norte a sur y en costa, sierra y
selva“. Por esta razón, insiste en que «prácticamente todo el que podía
infectarse se infectó, y por ello no habrán más olas».
Ya en octubre, Matuk detalló a CARETAS esta misma situación. «No va a
venir una segunda ola porque la mayor parte de personas que iban a
morir por el Coronavirus, ya murió. No puede haber una segunda ola
porque ya no hay más personas con potencial de muerte, ya no quedan más
personas por morir. No es que el virus mate a todos, el virus mata a uno
de 200», aseguró.
Por otro lado, el ministro del Interior, José Elice, indicó el pasado
once de diciembre que “en caso haya síntomas de rebrote o incremento de
contagio, inmediatamente se procederá a tomar medidas restrictivas”.
#ESTADISTICA
Mientras en el resto del mundo hay "olas", nosotros tuvimos un
"combo-tsunami" -de Norte a Sur y en Costa Sierra y Selva- donde el que
no sabía nadar, se ahogó.
En nuestro país, prácticamente todo el que podía infectarse se infectó, y por ello no habrán mas "olas" pic.twitter.com/wmSNStc7DL
El cruce entre sapiens y neandertales pudo haberse producido varias decenas de miles de años atrás.
Del
apareamiento con los neandertales, nuestros primos evolutivos,
heredamos pieles y cabellos más gruesos para combatir mejor el frío y un
sistema inmune más reforzado.
Pero también adquirimos genes que nos hacen propensos a sufrir ciertos padecimientos.
Y el último de estos podría ser la covid-19, enfermedad que provoca el nuevo coronavirus.
Esto
lo afirma un estudio conjunto de los institutos Karolinska de Estocolmo
en Suecia, el de Antropología Evolutiva Max Planck en Leipzig, Alemania
y el de Ciencia y Tecnología de Okinawa en Japón.
De acuerdo con la investigación, un número considerable de pacientes graves por covid-19 comparte un segmento de ADN muy similar a uno que portaba el homo neandertal.
Es
"prácticamente idéntico", apunta a BBC Mundo Hugo Zeberg, coautor del
estudio y profesor de neurociencia en el Instituto Karolinska.
Dicho segmento genético persiste en alrededor de 50% de personas en el sudeste de Asia y en un 16% de europeos.
El
estudio, publicado en la revista Nature, estima que portar este
fragmento de ADN podría triplicar el riesgo de hospitalización y
gravedad tras infectarse por coronavirus.
"Prácticamente idéntico"
Las similitudes encontradas por Hugo Zeberg y su colega Svante Pääbo son casi absolutas.
El
grupo genético en cuestión, que se encuentra en el cromosoma número 3,
es "prácticamente idéntico", con solo unas pocas posiciones distintas
"en un segmento de ADN de 50.000 pares de bases", explicó Zeberg a BBC
Mundo.
El estudio involucró a 3.199 pacientes, sobre todo en Europa, y sus hallazgos certifican que este es el mayor factor genético de riesgo en los casos graves y hospitalizados de Covid-19.
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Pie de foto,
En
el estudio participaron 3.199 pacientes y sus hallazgos certifican que
este es el mayor factor genético de riesgo en los casos graves y
hospitalizados de covid-19.
Varias
investigaciones afirman que esta herencia genética fue producida por
relaciones sexuales esporádicas que mantuvieron homo sapiens y
neandertal hace decenas de miles de años.
"Todas las personas que no tienen raíces ancestrales de África llevan alrededor de un 2% de ADN neandertal", explica Zeberg.
Dicha herencia es especialmente notable en el sudeste asiático, donde el 50% de habitantes porta este gen. En Bangladesh esta cifra asciende hasta un 63%.
Otros factores de gravedad
La gravedad de la infección por coronavirus no está determinada de forma exclusiva por la genética. Aquí entran en juego otros condicionantes, especialmente la edad.
A pesar de que las herencias neandertales son más acusadas en el sudeste asiático que en Europa -un 50% frente a un 16% de la población- "la edad media en India son 27 años y en España 45", ejemplifica Zeberg.
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Pie de foto,
La herencia neandertal es más acusada en el sudeste asiático, especialmente en Bangladesh.
"Hay
muchos más ancianos en Europa que en el sur de Asia y otros factores
entran en juego, como los hábitos sociales y la forma en que los países
responden a la pandemia", agrega el académico.
En
España se produce una media de 69 muertes por covid-19 por cada 100.000
habitantes. En India, mientras, mueren unas ocho personas de la misma
muestra, de acuerdo con datos recientes de la Universidad John Hopkins
en Estados Unidos.
Rastro neandertal
Estudios anteriores han examinado la influencia de los neandertales en nuestra composición genética.
Varias enfermedades actuales, como la diabetes o el síndrome de Crohn, podrían provenir de nuestros primos del pasado.
También distintos mecanismos de defensa con los cuales combatimos virus e infecciones, tal y como presentó un estudio de la Universidad de Stanford en Estados Unidos en 2018.
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Pie de foto,
A
la herencia neandertal le debemos varias enfermedades actuales, pero
también un sistema inmune más preparado par combatir infecciones.
A
la lista del legado neandertal se suma ahora el factor de riesgo de
enfermar de gravedad por coronavirus, un hallazgo que podría tener implicaciones positivas en el futuro.
"No
por conocer el origen neandertal por sí mismo, pero la asociación
genética es importante. Podría ayudar en la identificación de objetivos
para futuros medicamentos", concluye Zeberg.
Como hemos explicado en una columna anterior,
hemos sufrido, como país, una grave derrota frente al coronavirus y en
los próximos tiempos va a haber una disputa por la interpretación de ese
fracaso: qué factores políticos, económicos y sociales están detrás de
ese hecho, a quienes debemos asignar las principales responsabilidades,
qué cambios necesitamos hacer en el país para que ese fracaso no se
repita, etc. Sería mejor que ese debate sea basado en hechos y no en
simpatías o antipatías ideológicas o políticas. Esta columna va en esa
dirección.
En las últimas semanas se observa una caída sostenida
del número de muertos excedentes en la ciudad de Lima, una reducción de
40% en menos de un mes. ¿Qué factores explican esa caída? ¿Qué ha
cambiado en ese tiempo que ha frenado la propagación de la epidemia?
| Fuente:
A fines de junio e inicio de julio, el MINSA realizó un estudio de
seroprevalencia en Lima y encontró que 2,700 707 había adquirido la
enfermedad en algún momento, representando un 25.3% de la población.[i]
Considerando
el número de muertos excedentes en la fecha del estudio era de 24,215
(SINADEF) encontramos que la tasa de fatalidad del virus estaba entre
0.8% y 1.0%. Esa tasa de fatalidad es mucho menor de la que reporta el
MINSA, pero el Imperial College hizo un estudio similar para el Brasil y
encontró que la tasa de fatalidad del coronavirus estaba en un rango de
0.7% a 1.2%. Nuestro estimado para Lima está dentro de ese rango.[ii]
Si
consideramos que el número de muertos en Lima en la primera semana de
septiembre era de 41,857 (SINADEF), la tasa de fatalidad del virus es de
1.0%, concluimos que la cantidad actual de personas con anticuerpos en
Lima es de 4.2 millones de personas, es decir, cerca del 40% de la
población. Ello significa que 2 de cada 5 personas ya son inmunes al
virus. Ese gran número de personas inmunes frena la dinámica de
propagación del virus.
Estudios internacionales afirman que la
inmunidad de rebaño para el coronavirus estaría entre 60% y 70%. Sin
embargo, un estudio de la Universidad de Estocolmo ha concluido que para
poblaciones heterogéneas, como la de Lima, el nivel de inmunidad de
rebaño es de 43%, un porcentaje muy similar al que hemos encontrado.[iii]
Además, si la población incorpora algunas prácticas de protección, como
evitar aglomeraciones, conservar el distanciamiento, uso de máscaras,
etc., ese porcentaje puede bajar aún más.
El coronavirus tiene un
ciclo de 14 a 17 días, en el cual el virus está presente en la sangre de
las personas. Pasado ese tiempo, el virus desaparece de su sangre, y la
persona ya no puede contagiar. Alguien que estuvo enfermo en meses
pasados, puede salir positivo en una prueba rápida, pero ya no es un
transmisor de la epidemia. Por ello, los taxistas, comerciantes o
distribuidores de comida, muestran una seroprevalencia alta. Pero,
difícilmente sean propagadores del virus. No hay que olvidar que las
personas solo pueden contagiar por dos semanas y media, pero la epidemia
tiene ya más de 150 días.
Sabemos que 40% tienen anticuerpos del
virus, pero ¿cuantos de ellos son portadores activos del virus? Por la
tasa de fatalidad del virus sabemos que en todo momento alrededor del
1.0% de los enfermos activos van a morir en los próximos días. En base a
los muertos excedentes por coronavirus hemos calculado cuántos
portadores activos ha existido en Lima a lo largo de la epidemia. Ese
número es importante porque mide el riesgo de contagio. Si ese número
baja, hay menos personas propagando el virus.
La gráfica muestra
que ese porcentaje llegó a casi 6.5% en mayo y ahora es cerca 3.0%. Ello
quiere decir que solamente una de cada 33 personas es portadora activa
del virus. Esa reducción del número de portadores del virus y el aumento
del número de personas inmunes son los dos principales factores que
explican la caída de la epidemia en Lima.
NOTA:
“Ni GRUPORPP ni sus directores, representantes o empleados serán
responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones,
comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único
responsable el autor de la misma”.
Perú es ya el país con mayor tasa de mortalidad por
COVID-19 del mundo. La precariedad sanitaria y los errores de gestión
explican muchas muertes, pero los expertos alertan sobre el peligro de
comparar entre países.
El entierro de una víctima del COVID-19 en Lima
El récord más triste. Ayer miércoles (27.08.2020) una revisión de los
decesos provocados por el COVID-19 en Bélgica convirtió a Perú en el
país con mayor tasa de mortalidad del mundo por la pandemia. A pocos
conocedores de la situación local debió de sorprenderles, ya que las
muertes a raíz del coronavirus se suceden a razón centenares al día y la
cifra de fallecidos ha sobrepasado los 28.000.
¿Cómo ha llegado
el país andino a esto? "Ha habido muy poca inversión en salud en los
últimos treinta años, además de una gestión que no fue al ritmo de la
evolución de la pandemia; muchos sitios del país no estaban preparados
para una pandemia de infección respiratoria como esta”, señala en
entrevista con DW Rubén Mayorga, representante de la Organización
Panamericana de la Salud (OPS) en Perú. "La pandemia de coronavirus ha
desnudado las deficiencias que tenía el sistema de salud”.
Los
28.124 fallecidos por el virus SARS-CoV-2 que registra Perú se traducen
en una mortalidad de 85,8 muertos por cada 100.000 habitantes.
Pero
la escasez de capacidades diagnósticas en prácticamente todo el planeta
ha dificultado abarcar la magnitud de la pandemia desde el principio,
por lo que se sobreentiende que existe un subregistro importante de su
mortalidad. En Perú hay un exceso de más de 65.000 fallecidos desde el
inicio de la pandemia en comparación con años anteriores. Esto significa
que desde marzo los decesos a nivel nacional se han incrementado en un
120% respecto a los dos años precedentes.
"Perú tenía menos gasto
sanitario per cápita que Ecuador, Colombia, Brasil y Chile, solamente
superaba a Bolivia en este sentido”, explica a DW Farid Matuk, quien
hasta hace poco asesoraba al Gobierno peruano como parte del Grupo
Prospectiva.
En el mismo sentido se pronuncia César Ugarte,
profesor de la Universidad Cayetano Heredia: "Éramos de los países de
Latinoamérica con menos camas UCI, o con menor acceso a plantas de
oxígeno”, dice el médico en entrevista con DW. "Perú cometió un error
sustantivo al reducir la cuarentena y producir los casos más visibles de
ausencia de cama y ausencia de oxígeno, que produjeron muertes que
podrían haber sido evitadas”, agrega el economista Matuk.
Lo que los números oficiales no pueden contar
Los
entrevistados coinciden, sin embargo, en que hay otros factores que
ayudan a explicar por qué en Perú ha crecido tanto la tasa de
mortalidad, más allá de esta falta de capacidad para responder a los
casos más severos de la infección.
Ver el video02:36
Las desaparecidas durante el confinamiento en Perú
"El
concepto de muertes confirmadas por COVID-19 es heterogéneo a nivel
mundial, en ese sentido las comparaciones entre países pueden inducir a
error”, sostiene Matuk. "El caso europeo más extremo es Bélgica, donde
todo exceso de muerte es COVID-19, aunque no lo sea”. También recuerda,
en relación con esta heterogeneidad estadística, que "en Alemania al
comienzo solo las muertes en hospitales eran consideradas como muertes
por COVID-19”.
Este jueves, el Gobierno peruano ha atribuido
tener la tasa de mortalidad más alta del mundo al hecho de haber
incluido la cifra de decesos sospechosos por la enfermedad en el número
de muertes con prueba confirmada. "Estamos en época de frío en Perú,
puede haber otro montón de infecciones respiratorias circulando que no
están siendo diagnosticadas”, afirma Mayorga, de la OPS, quien defiende
que los datos se están manejando con total transparencia. "Ese no el
caso en todo el mundo”.
El profesor Ugarte coincide en pensar que "un
porcentaje no despreciable tiene otras causas”. Y pone como ejemplo el
hospital en el que trabaja: un hospital general con 400 camas
reconvertido en un centro dedicado exclusivamente al COVID-19. "El
sistema de salud se ha covidizado”, lamenta Ugarte, quien muestra
preocupación por que se haya descuidado el resto de la atención
sanitaria.
¿Cuántas personas están muriendo en realidad en América Latina?
Eso
sí, el médico señala algo más, en línea con la transparencia
estadística defendida por Mayorga: en su opinión, en el curso de los
meses Perú ha sido capaz de detectar mejor el virus y su letalidad, en
comparación con otros vecinos de la región. "Creo que Perú está
registrando más casos al contar las pruebas positivas por detección de
anticuerpos, cosa que no hace casi ningún otro país de la región”. En
ese sentido, los tres entrevistados se muestran contrarios a la
comparación internacional de sistemas disímiles.
Al final, sin
embargo, esa es una discusión estadística, reconoce Ugarte. Las muertes
por COVID-19 ocurren, se cuenten o no. "La razón principal es que
nuestro sistema de salud no funcionó”, critica. "No estuvimos a la
altura. Pero creo que los números de Perú son más reales”. La pregunta
es pues cuáles son los números de la pandemia en Latinoamérica que aún
no conocemos.
Se supone que el “martillo” iba a aplastar
al COVID. Eso no ha ocurrido. Necesitamos un plan B que parta del
realismo, por más duro que sea. Aceptar y comunicarle a la población que
no habrá vuelta a la “normalidad” tras la cuarentena. Y usar todos los
instrumentos a nuestra disposición, corrigiendo rápidamente cuando
corresponda, entendiendo que todo suma.
La República
19 Abr 2020 | 16:41 h
Por: Alfonso de la Torre, Piero Ghezzi y Alonso Segura
La cuarentena era el martillo que iba a aplastar al COVID-19.
La medida dura, dolorosa incluso. El gobierno recibió aplausos
iniciales, pese a que el resultado inevitable era un infarto económico. A
fin de cuentas, la recompensa prometida era vencer a la epidemia y con
ello a la amenaza que representa para los peruanos.
Esa
victoria nunca llegó. Debemos aceptarlo. No tiene sentido intentar tapar
el sol con un dedo. La curva se ha aplanado, pero la evidencia hasta el
momento sugiere que no lo suficiente. No lo podemos confirmar con las
cifras oficiales de casos reportados, que no son muy confiables. Pero sí
con medidas más precisas como hospitalizaciones, internados en UCI con ventilación mecánica y defunciones, que parecerían mostrar solo una modesta reducción de la pendiente (ver gráfico 1).
El objetivo de la cuarentena no era aplanar la curva. Era chancarla. Lograr que el reloj retroceda varios meses.
Un martillo blando e impreciso
Hagamos
un poco de historia. Hace cinco semanas un estudio del Imperial College
(IC) de Londres cambió radicalmente la visión de muchos gobiernos.
Señaló que mitigar (o aplanar la curva) era insuficiente.
Hasta
ese momento se había instalado la idea de que aplanando la curva se
permitiría que el número de hospitalizados (y principalmente aquellos
que requieren servicios de UCI) estuviera por debajo de las capacidades
de los sistemas de salud. El objetivo era obtener inmunidad de grupo
(herd immunity) en un plazo prolongado: que un porcentaje
suficientemente alto de la población se contagie, y deje de ser
susceptible al virus y así este desaparezca, pero sin desbordar el
sistema de salud. Se evitarían así muchas muertes. La idea era
intuitiva.
Pero incorrecta. Los modelos epidemiológicos
de IC (usando data real) decían que una curva aplanada sobrepasaría
varias veces las capacidades UCI de cualquier país. Mitigar no iba a
funcionar. Había que suprimir. Eran necesarias cuarentenas generalizadas
que lleven R muy por debajo de 1, como en Wuhan. O sea, el martillo.
El
estudio también recibió críticas. Tal vez la más válida es que asumía
que luego de una cuarentena generalizada se soltaba. Y como muy poca
gente se había contagiado e inmunizado –debido precisamente al éxito de
la supresión–, meses después habría un rebrote. Parecía que solo se
estaba pateando el problema.
Ante esto, el español Tomás
Pueyo añadió que luego de la supresión no se podía simplemente soltar a
ver qué pasa. Había que bailar: tomar acciones de acuerdo con cómo
vinieran las cosas. Soltar y ajustar. El martillo para ganar tiempo y el
baile para luego.
Algunos países han retrocedido el reloj sustancialmente con la supresión. China es el caso emblemático, pero no es el único. Nueva Zelanda
es tal vez el mejor ejemplo. Recientemente otros países (Australia,
Austria, Suiza, Dinamarca, Alemania) también han logrado que sus casos
activos caigan: pocos nuevos casos y muchas recuperaciones (ver gráfico
2).
Ese no ha sido, lamentablemente, nuestro caso.
¿Qué
pasó? No sabemos bien. Los medios resaltan los casos de violación de
cuarentena. Una foto impacta. Pero la data dura de Google Mobility
indica caída de hasta el 90% en el número de contactos en espacios
públicos de comercio y recreación. Es una de las más marcadas de América
Latina (ver gráfico 3).
Parte del problema es el número
de personas promedio en nuestros hogares dadas las condiciones de
habitabilidad. Pensemos en un caso extremo para entenderlo. Imaginemos
que cada peruano viviera solo. Si nos quedamos todos 2 semanas en
nuestras casas, la epidemia desaparecería. Los infectados no
contagiarían a nadie encerrados en su casa.
Pero no
vivimos solos. Mientras más grande la familia, mayor el número de
contactos. En un hogar de 5 personas, cada infectado puede contagiar a
los otros 4 y así esparcir la epidemia. El riesgo es aún mayor cuando
cohabitan desde nietos hasta abuelos en predios que carecen de
condiciones sanitarias adecuadas. Además, la densidad poblacional en
predios/vecindario es alta. No voy a trabajar pero converso con vecinos o
voy con frecuencia a la bodega.
Más allá de las razones que lo explique, no hemos logrado vencer la epidemia a martillazos. ¿Qué tan cerca nos hemos quedado?
Para
saberlo necesitamos estimar R, el número efectivo de reproducción, y
que determina la evolución de la epidemia. R mide el numero de personas
que el infectado típico contagia y es una función del tiempo que el
infectado contagia, del número de contactos que tiene, de la
probabilidad de que contagie por cada contacto y del porcentaje de la
población susceptible al contagio. R>1 y la epidemia sigue creciendo.
R<1 1.="" a="" ceder.="" de="" debajo="" el="" empieza="" era="" martillar="" muy="" objetivo="" original="" p="" por="" r="" y="">1>
No podemos estimar R con la evolución
reportada de contagios. La información es muy mala. No sabemos ni
cuántos contagiados hay de verdad, ni a qué tasa crecen. No hay ni
pruebas moleculares suficientes ni protocolos rigurosos.
Pero
sí podemos estimar R con el número de hospitalizados y fallecidos. No
directamente de una fórmula. Pero si indirectamente. Para ello usamos un
modelo epidemiológico SEIR (Susceptibles, Expuestos, Infectados y
Removidos) en la calculadora epidémica
(https://gabgoh.github.io/COVID/index.html).
Encontramos
que un R alrededor de 2 nos permite replicar aproximadamente la
trayectoria reciente de hospitalizados y muertos. Hay varios parámetros
que determinan el estimado de R y por ello imposible dar un número
exacto. Pero si podemos decir con mucha certeza que la información
disponible hasta hoy (viernes 17) sugiere que nos hemos quedado por buen
margen. Y que parece bastante posible que incluso con una cuarentena
generalizada y prolongada como la actual no podamos llevar R debajo de
1.
Hemos
pagado los costos de la supresión con los (magros) beneficios de la
mitigación. A menos que la información de los próximos días cambie
sustancialmente, todo indica que como mínimo necesitamos un plan B.
Un choque de realismo para poder avanzar
Aunque
la cuarentena estaba plenamente justificada en un inicio, la gran
mayoría de peruanos necesita generar ingresos de forma más urgente. ¿Qué
hacemos ahora si como parece no hemos controlado la epidemia?
No podemos subestimar la magnitud del reto que tenemos por delante.
Para una dosis de realismo usemos palabras recientes de la canciller alemana Merkel (doctora
en Física): “si R se mantiene en 1.2 –es decir de cada cinco personas
contagiadas una infecta a dos y las otras cuatro infectan a una–, se
alcanza la capacidad de salud alemana en julio. Para que vean qué poco
margen tenemos”. Imaginemos nosotros cuando nuestros cálculos dicen que
estamos en 2. Y no somos Alemania.
El gobierno debe ser
realista. Aceptar que la supresión no está funcionando como debería. Que
los puntos de inflexión o de quiebre deberían ser obvios. La cuarentena
no ha sido suficiente y tenemos que continuar la lucha contra el COVID-19 por otros medios.
Ser
realistas implica no confundir a la población. Una muestra de lo que no
hay que hacer son las pruebas. Está ampliamente aceptado que las
adecuadas para diagnosticar el virus son las moleculares
(https://www.paho.org/es/documentos/directriceslaboratorio-para-detecciondiagnostico-infeccion-con-viruscovid-19).
Es decir, aquellas que identifican marcadores genéticos únicos al COVID-19.
Como
no las adquirimos a tiempo ni en cantidades suficientes, estamos usando
las serológicas, llamadas pruebas “rápidas”–también existen moleculares
rápidas, que tampoco hemos conseguido–, que detectan el desarrollo de
anticuerpos.
Estas pruebas tienen un alto porcentaje de falsos negativos – como lamentablemente hemos visto con el excongresista Ushñahua–
en la primera semana de infección (y de falsos positivos
posteriormente). No deben usarse para diagnosticar. Deberían ser
únicamente usadas en una etapa posterior –cuando un porcentaje signifi
cativo de la población esté contagiado– para identificar quiénes
contrajeron el virus aún siendo asintomáticos y presumiblemente están
inmunizados. Y así permitirles retornar al mercado laboral (sin riesgo
de contagiar o ser contagiados).
Incorporar ambos tipos
de pruebas (molecular y serológica) al “conteo” diario de pruebas o
considerarlas “equivalentes”, como está haciendo el gobierno genera
incertidumbre sobre el uso que le estarían dando a las pruebas
serológicas. El INS/MINSA tiene un protocolo supuestamente orientado a
mitigar el problema de falsos negativos —tomando una segunda prueba
“rápida” siete días después— pero más allá de su eficacia, es incierto
si siquiera están siguiendo el protocolo de manera rigurosa. Tampoco hay
claridad sobre qué se hace con las personas durante la semana entre la
primera prueba serológica negativa y la segunda de descarte
(¿aislamiento?).
Debemos
también aceptar y comunicarle a la población que no va a haber vuelta a
la “normalidad” (ni cercanamente) cuando acabe la cuarentena. Una gran
mayoría de la población cree que, con la excepción de espectáculos
multitudinarios, sería básicamente back to business.
No
será así. Debemos ser conscientes de que si no nos cuidamos
obsesivamente y actuamos en todos los frentes, enfrentamos un escenario
espeluznante. El riesgo a la salud de la población es inmenso. No es
generar pánico. Es decirles la verdad.
Armado con la verdad (y la confianza que todavía genera en los peruanos) el presidente puede recomenzar. ¿Por cuál camino?
Del martillo al dique
El
camino NO puede ser buscar la inmunidad de grupo. Esta estrategia
resultaría en centenares de miles de muertos. En países con testeos
masivos –como Alemania y Corea– la tasa de letalidad naif (muertes
divididas entre casos) está entre 2.2% y 2.9% (y creciendo continuamente
en las últimas semanas). ¡Y estamos hablando de Alemania y Corea!
Pero supongamos que por el subreporte de casos la letalidad sea menor
al 1%-2% aceptado como real. Usemos 0.5%. Con 25 millones de peruanos
infectados para obtener inmunidad de grupo, esto implicaría fácilmente
125 mil muertos.
Casi seguro serían muchos más. Una vez
que sobrepasamos la capacidad de UCI, la probabilidad de muerte es
prácticamente 100%. Todo aquel que necesita ventilador y no lo tiene,
fallece. Si usamos parámetros internacionales
(https://science.sciencemag.org/content/early/2020/04/14/science.abb5793)
y asumimos que 1.3 % de los casos necesitan UCI por 10 días,
necesitaríamos una capacidad de atención de 3.25 millones de días UCI en
los próximos meses. Es un nivel inimaginable. Tal vez terminamos ahí
pero no puede ser nuestro plan B.
El único camino posible
es, por el momento y con la información disponible, una estrategia de
”diques móviles”. Buscar minimizar dentro de lo económica, social y
políticamente tolerable y posible la presión sobre el sistema de salud. Y
esperar a que en los próximos 12-18 meses haya un tratamiento o vacuna
efectiva. Necesitamos comprar tiempo de otra manera.
Este
camino exige usar todo lo que sea posible. No es perder el foco sino
entender que todo suma. No podemos darnos el lujo de descartar nada.
Debemos
disciplinadamente generar un mecanismo para aprender, adecuar y
mejorar. Necesitamos ciclos de aprendizajes hipercortos y corregir
rápidamente lo que no funciona. Como en una guerra. Moviendo y adecuando
nuestras defensas (diques), donde se requiera. Conscientes también de
que repliegues tácticos (endurecer las medidas) pueden ser necesarios.
Cuando el enemigo te está arrasando.
Ese aprendizaje no
es ni automático ni obvio. A veces pareciera que la curva que más se ha
aplanado es la de aprendizaje del gobierno. El tremendo esfuerzo de la
población debe ser a cambio de una estrategia articulada de salida de
nuestras autoridades. Una estrategia que hasta el momento no es visible.
Atrás
quedó la decisión trascendental y acertada de la cuarentena, para poco a
poco ir perdiendo el paso. Reacciones tardías, mensajes y acciones
confusos (pruebas, protocolos de admisión, restricciones a movilidad,
medidas económicas, etc.). Son muestras de un gobierno que se queda sin
ideas y quizás hasta se autoengaña.
¿Por dónde empezar a
corregir? Por lo obvio: expandir las capacidades de hospitalización y
UCI, que requiere mucho más que una combinación de camas con
ventiladores. Era muy importante si el martillo funcionaba. Es
literalmente de vida o muerte ahora que parece que ello no ha ocurrido.
Es fundamental el recurso humano (intensivistas y otro personal
especializado en UCI), que no puede ser “adquirido” tan fácilmente. La
distribución geográfica de las capacidades UCI también es importante. Es
necesario que el Estado esté preparado para reasignar y movilizar
recursos (desde ventiladores hasta personal médico) a lo largo del
territorio. También que los protocolos de admisión para hospitalización
eviten el rechazo de personas con signos evidentes de la enfermedad ante
la ausencia (y las deficiencias) en las pruebas.
También
se vuelve más urgente la necesidad de testear, rastrear y aislar. No
vamos a ser Corea o Singapur, pero hay espacios significativos de
mejora.
Esto nos podría en teoría ayudar a reducir R. Y
brutalmente. El principal canal es que la duración de la infección
relevante –es decir la etapa en la que el infectado contagia a otros–
cae ya que al aislarse deja de contagiar. Por ejemplo, mientras que el
periodo de infección biológico dura hasta 14 días, la identificación
temprana de infectados puede lograr que esparzan la enfermedad solo por 2
o 3 días. ¡Es decir solamente ese factor puede reducir, en teoría, R
hasta la séptima parte (=2/14)! No es lineal y no va a ser tan
dramático, pero da una idea del potencial.
Esto debe ser complementado por otras medidas low tech que
venimos sugiriendo hace varias semanas (“Ideas para una estrategia de
salida” y “Perú y la cuarentena: ¿cuándo y cómo salimos?”) como uso
obligatorio de mascarillas, jabones, aislamiento de ancianos y grupos
vulnerables. También debemos incluir muchos más termómetros en espacios
públicos. Pensar en el uso de “pasaportes inmunológicos” probablemente
sea prematuro, dadas la poca confiabilidad en la aplicación de pruebas
hasta el momento.
También
debemos empezar a ver cómo aprovechamos perfiles demográficos como guía
para reincorporar de forma más activa a la población de menor riesgo
(jóvenes y mujeres), dada su menor tasa de letalidad. Y aplicar
criterios geográficos en algunas decisiones.
Fundamentalmente
la población debe ayudar, concientizada de la gravedad de la situación.
El R no es solo una característica biológica de la epidemia. Es
fundamentalmente el resultado de lo que hace la gente. Y para que la
gente actúe, esta debe ser completamente consciente de la gravedad de la
situación.
Ello nos devuelve a la importancia de que el
gobierno, con el presidente a la cabeza, proteja su credibilidad con
información veraz, oportuna y realista.
Con estos
cuidados, se tiene que empezar a abrir pronto la economía, gradual e
incrementalmente, en función del riesgo y la capacidad de mitigación, de
manera de reactivar el aparato productivo y proteger hasta donde sea
posible los puestos de trabajo. Para ello se requieren protocolos bien
definidos, debidamente validados y rigurosamente implementados (con
requisitos cumplibles). El gobierno tiene que ser pragmático. No se
necesitan grandes estudios para entender que hay sectores formales que
presentan riesgos mitigables e importantes beneficios (en términos de
divisas, impuestos y empleo).
La población que opera en
un entorno de informalidad debe estar informada sobre el peligro latente
que representa la epidemia. Esto requiere de datos detallados y
precisos que puedan ser compartidos con asociaciones de comerciantes,
juntas de vecinos, etc. Los actores informales, cuando son conscientes
de la gravedad de la epidemia, han sido los primeros en implementar
medidas low tech (círculos plasmados en el piso para mantener el
distanciamiento en mercados y venta de mascarillas a la entrada de
establecimientos, por ejemplo). La razón es sencilla, y es que ellos son
los más vulnerables frente a la paralización.
El
reto es enorme pero el país puede estar a la altura si se le dice la
verdad, por más dura y cruda que sea. Es el ingrediente principal. Sin
verdad no habrá dique que contenga la epidemia.
Lo tiene claro otra mujer, también alemana y doctora (aunque en medicina) como Merkel, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, “no se puede superar una pandemia de
esta velocidad o esta escala sin la verdad. La verdad, sobre todo: los
números, la ciencia, la perspectiva, pero también sobre nuestras propias
acciones”.
Maia me muestra con mucho orgullo su carpeta de
tercer grado. Es una de las mejores alumnas de su curso. Me hace reír,
dice que el recreo en su escuela "parece un apocalipsis zombi". Juega
con mi grabador, pega gritos sorpresivos en medio de la frase para que
una raya roja los registre. Se ríe mucho. Yo también. Porque sé que Maia
tuvo autismo y ya no lo tiene: se recuperó haciendo una dieta que
excluye la comida industrializada, el gluten, los lácteos, los huevos,
la soja y el azúcar.
El número de personas diagnosticadas con Trastornos del
Espectro Autista (TEA, llamado hasta hace poco tiempo TGD o Trastornos
Generales del Desarrollo) aumentó dramáticamente desde la década de
1980. En 2008,
la agencia norteamericana Center for Disease Control and Prevention
(CDC) estableció que uno de cada 68 niños estaba dentro del espectro
autista. Hoy, ese porcentaje creció a tal punto que hay uno cada 33
niños. Las cifras varían según quién elabore la estadística, pero no
hay polémica respecto de lo alarmante del crecimiento de esta
patología. Donde sí hay controversia es en la interpretación de por qué
aumenta.
Un sector de la industria de la salud asegura que, en realidad,
lo que mejoró fue el método para el diagnóstico, y que ello explica el
aumento de casos. Pero no hay registros de disminución de casos de otras
patologías que antes podrían haberse confundido. Es decir, no hay
evidencia de que se trate de una mejora del diagnóstico y sí la hay del
crecimiento de la enfermedad. La científica Stephanie Seneff, del
Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), encendió hace poco la
alarma al afirmar que uno de cada dos niños en Estados Unidos será
autista en 2025.
Darse cuenta
Maia nació en España en 2008. Su mamá, Macarena
Oyarzo, había ido a probar suerte allá como muchos otros cocineros: se
había recibido en el Instituto Gastronómico del Sur de Quilmes unos años
antes. Make (nadie le dice Macarena a Make) empezó a notar en un
momento que Maia respondía cada vez menos a los estímulos y que tenía
infecciones e inflamaciones a repetición. La lenta incorporación de los
alimentos empeoró las cosas. El nacimiento de Malena, la segunda hija,
un año después, le servía de comparación: Maia tardaba mucho más que su
hermana menor para todo. Make empezó entonces un raid binacional de
médicos -en el medio se volvió a la Argentina y se separó del padre de
las nenas- hasta que, a los 17 meses, dice Make que Maia "se apagó".
Al cumplir tres años y medio, le diagnosticaron TGD no
específico con discapacidad mental. "Con suerte, esta nena alguna vez va
a ir al baño", fue el inolvidable comentario de un olvidable médico
argentino.
-Fue un momento de mierda -recuerda ahora Make-. ¡Yo le
había puesto tantas fichas a este bebé! Maia va a ser esto, esto otro.
¡Los proyectos que tiene una, todos borrados!
Me muestran videos de esa época: Maia plantada a
centímetros del televisor, Maia que grita y se tapa los oídos mientras
en el jardín le cantan el feliz cumpleaños, o Maia corriendo en círculos
y "aleteando" (una de las conductas estereotipadas y repetitivas de los
niños con TEA). Imposible reconocer en esa imagen a la nena que se ríe
al lado mío porque se le escapó la palabra "mierda".
-¡Se me escapó! -explica con un risa pícara cuando la madre reprueba el vocabulario.
Y veo videos más viejos, en los que se ve a Maia gateando para conseguir una galletita.
-Fijate que ahora el papá se ríe y ella lo mira. Ahí está. ¿Ves? Conectaba la mirada.
Make se conoce de memoria los videos. Nos pasa a casi
todos los padres, pienso. Pero las imágenes que veo yo, Make las vio mil
veces porque necesitaba pruebas de algo que sabía: que el autismo de
Maia era adquirido. Y esa obsesión la llevó a leer montañas de artículos
y papers y a mirar decenas de conferencias. Así dio con las
investigaciones de la conexión intestino-cerebro.
Make con sus dos hijas: Maia, de celeste, y Male. Fuente: Brando - Crédito: Vera Rosemberg
En 2008, la agencia norteamericana Center for Disease Control and
Prevention estableció que uno de cada 68 niños estaba dentro del
espectro autista. Hoy creció a uno de cada 33.
El opio de los péptidos
Aunque hace más de cien años que la literatura
científica recopila datos sobre la permeabilidad intestinal aumentada,
este síndrome no está reconocido como enfermedad y parte de la comunidad
médica asegura que el trastorno carece de base científica.
Sin embargo, buena parte de los especialistas trabajan
con esta hipótesis: el mal funcionamiento de las uniones estrechas
intercelulares del intestino permite que entren elementos mal digeridos
en la sangre y, según la predisposición genética de la persona, esos
elementos pueden desarrollar enfermedades autoinmunes, inflamatorias,
infecciones, alergias o cánceres, tanto intestinales como en otros
órganos.
La Liga de Intervención Nutricional contra Autismo e
Hiperactividad (LINCA) es una ONG que trabaja con esta perspectiva y
provee información a las familias con personas en el espectro autista y a
profesionales de la medicina. En su página puede leerse que Karl
Reichelt, médico e investigador noruego fallecido en 2016,
fue de los primeros en asociar la conducta de niños autistas con la de los adictos al opio o a la morfina. En la orina de estos pacientes, Reichelt encontró elementos con una gran similitud molecular a la morfina y
propuso la teoría de que un grupo importante de personas con
trastornos del desarrollo, como autismo y TDAH, no digiere correctamente
las proteínas, principalmente las que se encuentran en los lácteos y en
el gluten.
A esos elementos hallados en la orina se los llama
péptidos opiáceos y alteran el funcionamiento del cerebro a nivel de los
neurotransmisores. Este efecto se deja sentir en primer lugar en el
intestino, nuestro segundo cerebro, donde se encuentran unos cien
millones de neuronas.
Todas estas cosas leyó Make aquellas noches de estudio
afiebrado. Y lo consultó con el neurólogo. "Hacelo, mal no le va a hacer
-recuerda que le dijo-, pero no alimentes muchas esperanzas". El cambio
radical de dieta se hizo un 13 de septiembre de 2012. Nadie olvida la
fecha porque, desde entonces, la celebran como el segundo cumpleaños de
Maia.
-Esa noche nos cambió la vida a las tres. Los primeros
cuatro días fueron de locos, hubo momentos en que con Male nos
encerramos en el baño porque Maia estaba furiosa. Revoleaba todo. Me
mordió, arañaba el revoque de las paredes. Era síndrome de abstinencia
de los lácteos.
Con la misma perseverancia que usó para entender el cuadro de Maia, Make armó un recetario de más de 150 platos. Fuente: Brando - Crédito: Vera Rosemberg
La mañana posterior a los cuatro días de furia, Make fue a
despertarla y vio una imagen que, dice, no olvidará jamás. Maia tenía
la carita apoyada en uno de los travesaños de la escalera de la cama y
la miró fijo a los ojos por primera vez en años. Al reconocerla, le hizo
una sonrisa. Make supo que por ahí iba la cosa.
Maia no se acuerda nada de eso. Era muy chiquita y además
su cerebro vivió un tormentón. Pero sabe que tiene que seguir su dieta.
No se encapricha con otras cosas, no se desbanda.
-¿Tus compañeros del colegio saben que no comés lo mismo que ellos? -le pregunto.
-Sí, dicen que tengo una dieta rara. Pero cuando les convido, todos la comen. -Y vos, ¿probás la comida de ellos?
-¡Nooooo! ¡Me hace mal!
Pero el tema no le interesa, prefiere mostrarme las
tareas de matemática, en las que se saca siempre las mejores notas. Es
previsible, algunos estudiosos del tema llegaron a sostener que el
Síndrome de Asperger (uno de los TEA más conocidos) es una capacidad de
concentración beneficiosa para la carrera científica. Maia tiene otra
explicación: "Las ciencias sociales son aburridas".
Lo primero que registró Maia cuando volvió a esta
realidad fue a Hipólito, el perro. Lo llamaba; el perro venía a jugar y
ella lo miraba. Después se conectó con su hermana Male. Y, de a poco,
fue incorporando a los demás. Tras un año de dieta volvieron al
neurólogo escéptico del tratamiento. Maia estaba entusiasmada porque
tenían entradas para el teatro a continuación de la consulta. El médico
llegó una hora tarde y la nena, furiosa porque se iba a perder la obra,
se lo reprochó.
-¿A qué viene, mamá? -dijo el médico, prestando escasa atención al reclamo.
-A renovar el certificado de discapacidad -le dijo Make.
-¿De quién?
Make tragó saliva. Y saboreó la victoria.
En 2008, la agencia norteamericana Center for Disease Control
and Prevention estableció que uno de cada 68 niños estaba dentro del
espectro autista. Hoy creció a uno de cada 33. Fuente: Brando - Crédito: Vera Rosemberg
Una cocina de DD. HH.
Los primeros días del cambio de dieta, Make les daba
puchero, una comida barata que no posee ninguno de los alérgenos más
comunes que afectan al síndrome del intestino permeable. "Es una comida
que sigo recomendando", dice.
Y, mientras ganaba tiempo, fue reconfigurando todo lo que había
aprendido en las escuelas de cocina. Con esa premisa -nada de TACC, ni
leche de vaca, ni azúcar, ni soja, ni aditivos-, Make puso en juego su
oficio.
-En la cocina uno es medio robot, ¿no? Es muy militar
-dice-. Cuando trabajás para otro, no creás nada, es todo órdenes y
tiempos. Pero ojo que no reniego de la cocina militar. Me sirvió. Nada
más que había que modificar las materias primas -se toma unos segundos y
corrige-. Bueno, en realidad, es más que eso. Hay un replanteo del
objetivo
. No se trata de cocinar para la exquisitez de algunos que pueden
pagarlo, se trata de salvar vidas. Es una cocina de derechos humanos".
Con la misma perseverancia que usó para entender el
cuadro de Maia, Make fue construyendo un recetario de más de 150 platos y
elaboraciones. Desde alfajores de chocolate y grisines hasta pizzas y
pastas. Maia y Male comen sano y variado en una relación en la que todos
salieron ganando
: buena parte de los ingresos de la familia provienen ahora de la
venta de estos productos a pacientes de la dieta a los que se les
complica cocinar tanto y de los talleres de Cocina Biomédica en los que
enseña todo lo que aprendió mientras experimentaba.
Nicolás Loyácono integra el equipo de Enfoque Integrador que
funciona bajo el marco de la investigación adhonorem del hospital de
Clínicas. Fuente: Brando - Crédito: Vera Rosemberg
En diciembre de 2013, algunas madres le hablaron a Make
de Nicolás Loyácono, pediatra de la UBA que estaba trabajando sobre TEA
con el eje en una dieta sin gluten ni lácteos. Loyácono es investigador
adjunto en el Hospital de Clínicas, trabaja como responsable del equipo
TEA Enfoque Integrador y resume la premisa sobre la cual se basan: "Los
alimentos de mala calidad nos inflaman y activan nuestro sistema
inmunológico, y eso interfiere en nuestras funciones básicas, como en el
nivel de concentración o en el sistema cardiovascular. En el cerebro,
puede propiciar la alteración de conductas". Sobre esa base,
desarrollaron tratamientos integrales. "Hacemos una evaluación de cada
paciente no solamente del área neurológica psiquiátrica y de conducta,
sino que también consideramos los problemas médicos que acompañan el
diagnóstico, que solemos llamar PMC", dice.
Los PMC son "problemas
médicos concomitantes", que acompañan el diagnóstico crónico -que en
este caso es el TEA-, y pueden ser temas gastrointestinales,
nutricionales, metabólicos, inmunológicos, bioquímicos, oxidativos,
infectológicos o reumatológicos, entre otros comunes. "Cuantos más PMC
vamos resolviendo, la sintomatología por la cual el TEA fue
diagnosticado se reduce. Y muchas veces desaparece. La dieta es la base
del tratamiento. En todos los casos, la dieta genera una desinflamación
que mejora muchísimo la calidad de vida del paciente".
Con la misma perseverancia que usó para entender el cuadro de Maia, Make
armó un recetario de más de 150 platos. Desde alfajores de chocolate y
grisines hasta pizzas y pastas.
Volver a casa
Tengo varios casos más o menos cercanos de TEA con
mayor o menor severidad. Por eso, las conversaciones con Maia me
conmueven tanto. Pero ni yo ni nadie en mi entorno habíamos escuchado
hablar de la dieta biomédica, que, en el peor de los casos, mejora la
calidad de vida del paciente. ¿Cómo puede ser? La conspiranoia se
apodera de mí: se trata de un tratamiento muy barato, que no solo otorga
un papel menor a la industria farmacéutica, sino que pone el foco sobre
el potencial peligro de la alimentación contemporánea. ¿Es posible que
ese sea el motivo de la poca difusión de esta terapia? Solo lo sabremos
difundiéndola más, me digo.
Porque el caso de Maia es uno entre miles, en el mundo y en Argentina.
En su primer año y medio de vida, Manuel tenía todas
las pautas de crecimiento normales, pero de a poco empezó a
desconectarse, costaba hacer contacto visual con él, había que gritarle
para que prestara atención, no interactuaba casi con nadie. En marzo de
2017, Mariano y Pamela recibieron el diagnóstico de su hijo:
Manuel tenía TEA en nivel moderado. "Se nos paralizó el mundo
-recuerda ahora Pamela-. No solo pensás en el momento, pensás en el
futuro, qué herramientas va a tener, pensás en el bullying". También a
través de la red, dieron con una madre colombiana cuyo hijo se había
recuperado en base a la dieta que habían llevado adelante con un médico
que trabajaba con LINCA. Pamela buscó, entonces, los médicos argentinos
que trabajaban con esa ONG y llegó a Loyácono. "Lo nuestro no fue nada
paulatino, al segundo día le saqué todo junto: lácteos, gluten, azúcar,
aditivos, conservantes". Hasta entonces, Manu comía patitas de pollo
procesadas, galletitas de chocolate, hamburguesas. "Le daba porquerías,
ahora lo sé, porque uno se va informando", dice Pamela.
A la semana de la dieta, Manu levantó un teléfono y dijo: «¿Hola,
hola?». Pamela y Mariano empezaron a sentir que su hijo los «visitaba»
de a ratos. "Era muy loco, con mi marido decíamos: «¡Está acá, está
acá!». Era un momento que conectaba y se iba. Pero empezamos a avanzar
en la dieta y se quedó definitivamente acá".
Y todo transcurrió en un año. Manuel no está recuperado
ciento por ciento, pero la diferencia es apabullante y las perspectivas
son muy alentadoras. "El acto de principio de año del jardín maternal
fue muy angustiante para mí porque Manu se tapaba los oídos, aleteaba
delante de todos. Yo lo quería bajar del escenario, fue horrible". Pero
el acto de fin de año fue completamente distinto. "Las maestras me
dieron la sorpresa de que abrió el acto tocando la armónica sentado en
un banquito. Habría 400 personas y él nunca aleteó ni nada". ¿Las
desventajas? Hay que cocinar mucho. "No parece un precio demasiado
alto", dice Pamela.
A la semana de aplicar la dieta, Pamela notó que su hijo, Manu, reconectaba. Fuente: Brando - Crédito: Vera Rosemberg
Tirando del mismo piolín me encuentro con el caso de
Agustín, que tuvo un desarrollo similar a los niños de su edad hasta los
tres años y, a partir de ese momento, sus habilidades -incluida el
habla- empezaron a debilitarse y a perderse. "No toleraba algunas
comidas, lo que ocasionaba vómitos y deshidrataciones cíclicas. Cada
tres meses lo teníamos que internar", recuerda hoy la madre. A los tres
años y seis meses le diagnosticaron TGD.
Sus padres, Gaspar y Jessica, comenzaron a buscar tratamientos
alternativos porque tenían mucha resistencia a suministrarle
Risperidona, un medicamento antipsicótico muy cuestionado. En esa
búsqueda dieron con el equipo TEA Enfoque Integrador del Hospital de
Clínicas. "Le sacamos el gluten, la leche de vaca, los conservantes y
aditivos y de a poco empezamos a ver los cambios", cuenta Gaspar.
Claro
que no dejaron nunca de estimularlo con equinoterapia, fonoaudiología, e
incluso lo mandaban a clases de inglés antes de que recuperara el
habla, como estimulación. De a poco fue recuperando todas las
habilidades que había perdido. Al mes ya tenía contacto visual. "A
medida que avanzaba, también nosotros nos fuimos acomodando a la dieta,
investigando, aprendiendo -dice Jessica-. Al principio nos costaba mucho
conseguir los alimentos, teníamos que pedirlos por internet, hacer
compras grandes, pero por suerte eso también se va resolviendo". Ya hay
una mayor cantidad de proveedores de productos para esta comunidad,
aunque -previsiblemente y al igual que en el caso de Make- muchos son
padres que atravesaron este calvario.
Un ejemplo: los productos de
limpieza industriales tienen infinidad de metales pesados que afectan a
muchos niños con TEA. Unos padres ya los elaboran de manera artesanal
para el resto de las familias que los necesitan. El crecimiento de este
esquema de comercialización es también un buen indicador de la cantidad
de personas que encontraron en este tratamiento un alivio al menos.
Agustín tiene hoy siete años, va a una escuela común y el
año pasado llegó a ser abanderado. Los padres, con el pecho lleno de
orgullo.
No resignarse
La teoría que da sustento a este tratamiento
polemiza de alguna manera con la medicina genética y con el concepto de
neurodiversidad. La primera es un poco la norma de lo impuesto, en
materia de autismo. "Habitualmente, el paciente que llega a nosotros ha
recorrido un número de consultorios de los cuales el 90% les dio una
respuesta genética -confirma Loyácono-. Pero las estadísticas de los
estudios científicos y las principales universidades del mundo sostienen
que no más del 5% al 10% de estos problemas se pueden atribuir a una
cuestión genética".
Por otro lado, también se polemiza con
el concepto de neurodiversidad, que sostiene que las personas tenemos
cerebros diferentes y, por lo tanto, características conductuales
distintas. "Muchos padres dicen que hay que aceptar a los chicos
como son y eso un poco me enfurece: si cambiándole la dieta le mejorás
la calidad de vida, e incluso lo recuperás, ¿por qué vamos a elaborar
una cultura de la resignación?", cuestiona Make. Loyácono agrega: "Es
muy difícil que se pueda incluir a un niño que tiene conductas
disruptivas como gritar o autoinfligirse daño. Pero lo más importante es
que esas conductas muchas veces tienen su base en problemas médicos
concomitantes que son diagnosticables y tratables".
Los tres neurólogos tradicionales que contacté para esta nota declinaron amablemente su participación.
En ningún caso desconocen la mejora en la calidad de vida de los
pacientes que optan por el cambio en la alimentación, pero el marco
teórico genetista sigue siendo un poderoso cinturón ante una "teoría
emergente", como llaman a esta tendencia.
La comida que comemos actualmente tiene 300 veces más
gluten que la de hace 60 años. Porque la industria usa harinas como
estabilizantes, espesantes o, simplemente, para "estirar", es decir,
abaratar las preparaciones.
Por eso -por la profunda degradación de la calidad de la comida
masiva-, esta dieta es recomendable no solamente para quienes ya fueron
diagnosticados con alguna patología: es una excelente forma de prevenir.
Pamela, la madre de Manuel, tiene una anécdota al
respecto: "Yo tuve jaquecas muy fuertes toda la vida. Me hicieron
estudios de cervicales, fui al oculista porque no enganchaban qué podía
ser. Me asusté, pensé que tenía algo en la cabeza. Cuando empezamos la
dieta con Manu, modificamos algunas pautas de consumo nosotros porque no
queríamos que él deseara. Y, al primer mes de evitar los lácteos y el
gluten, se me fueron los dolores de cabeza. Así que, evidentemente, no
soy celíaca, pero tengo una intolerancia que no habían detectado".
A algunas personas se les convierte en celiaquía, a otras
puede generarle trastornos del espectro autista y otros pueden
desarrollar un cáncer o cefaleas. O nada.
En cualquier caso, la mala alimentación no distingue clases sociales:
el 60% de los argentinos adultos padecen de obesidad o sobrepeso.
"Cada nene es un mundo -dice la nutricionista Maria Luz
Sanz, integrante del equipo que dirige Loyácono-. A veces, tenemos que
sacar alimentos que nunca habían aparecido como poco tolerados. El otro
día nos dimos cuenta de que un nene tenía problemas con un jugo de
naranja exprimido que tomaba a la mañana. Le sacamos el jugo y el nene
mejoró la materia fecal y la sintomatología general. A veces, la gente
hace alergias alimentarias no solo a los alérgenos más comunes. Puede
hacerlo a otros alimentos". Por eso es tan importante que el tratamiento
sea personalizado.
Lo que hace mal a algunos puede no hacer mal a todos.
Muchas personas pueden vivir toda la vida sin manifestar problemas
serios ante los alimentos tachados de la dieta biomédica. Y, sin
embargo, dice Make que todo el mundo debería suprimir los lácteos y el
gluten como prueba por unos meses. "Yo digo que la mejora va a ser
evidente en cualquiera que siga esta forma de alimentación. Porque no
hacerla te quita derechos".
La Comisión Global de Políticas de Drogas, que presidió el
exmandatario brasileño Fernando Henrique Cardoso y tiene ahora como
directora a Ruth Dreifuss, expresidenta de Suiza, está integrada por
políticos, funcionarios internacionales, científicos e intelectuales de
diversos países del mundo y lleva a cabo desde el año 2011 una valiosa
campaña a favor de una política más sensata y realista en el dominio del
narcotráfico y el consumo de estupefacientes que el de la mera
represión policial y judicial.
En los siete informes que ha publicado desde que se creó, sustentados
en rigurosas estadísticas e investigaciones sociológicas y clínicas, ha
mostrado de manera inequívoca la futilidad de combatir aquel flagelo
con prohibiciones y persecuciones que, pese a los miles de millones de
dólares gastados en ello, en vez de reducir han aumentado
vertiginosamente el consumo de drogas en el mundo, así como la violencia
criminal asociada a su producción y distribución ilegales. En casi todo
el mundo, pero, principalmente en América Latina, las mafias de
narcotraficantes son una plaga que causan decenas de millares de muertos
y son, sobre todo, una fuente de corrupción que descomponen las
instituciones, infectan la vida política, degradan las democracias y, no
se diga, las dictaduras, donde, por ejemplo en Venezuela, buen número
de dirigentes civiles y militares del régimen están acusados de dirigir
el narcotráfico.
Al principio, las labores de la Comisión se concentraban en América
Latina pero ahora se han extendido al mundo entero. El último informe,
que acabo de leer, está dedicado a combatir, con argumentos persuasivos,
la general percepción negativa y delictuosa que los gobiernos promueven
de todos los consumidores de drogas sin excepción, presentándolos como
desechos humanos, propensos al delito debido a su adicción y, por lo
mismo, amenazas vivientes al orden y la seguridad de las sociedades.
Quienes han preparado este trabajo han hecho una cuidadosa investigación
de la que sacan conclusiones muy distintas. En primer lugar, las
razones por las que se consumen “sustancias psicoactivas” son muy
diversas, y, en gran número de casos, perfectamente justificadas, es
decir, de salud. De otro lado, entre las mismas drogas hay un abanico
muy grande respecto a las consecuencias que ellas tienen sobre el
organismo, desde la heroína, con efectos tremendamente perniciosos,
hasta la marihuana, que hace menos daño a los usuarios que el alcohol.
Todos los informes de la Comisión vienen acompañados de pequeños
testimonios de gentes de muy diversa condición gracias a los cuales se
advierte lo absurdo que es hablar de “drogadictos” en general, sobre
todo debido a lo que esta palabra sugiere de degradación moral y
peligrosidad social. Hay una abismal diferencia entre el caso de Nicolás
Manbode, de la isla Mauricio, que a los 16 años comenzó fumando
marihuana, pasó a inyectarse heroína a los 18 y fue por ello a la cárcel
a los 21, donde contrajo una hepatitis y el sida, y la portuguesa
Teresa, que no bebe alcohol, pero se acostumbró a tomar anfetaminas,
éxtasis, LSD y hongos alucinógenos y cuyo problema, dice, ahora que en
Portugal se ha descriminalizado el uso de las drogas, es el riesgo que
significa comprar aquellas sustancias en la calle sin saber nunca las
mezclas con que los vendedores pueden desnaturalizarlas.
Un caso muy interesante es el de Wini, madre de Guillermo, en Chile.
Su hijo, nacido en 2001, a los cinco meses comenzó a tener convulsiones
que le cortaban la respiración. A los dos años los médicos
diagnosticaron que el niño era epiléptico. Todos los tratamientos,
incluida una cirugía cerebral, fueron inútiles. En 2013 Wini comenzó a
leer artículos médicos que hablaban de un aceite de marihuana y, gracias
a una fundación, pudo conseguirlo. Desde que Guillermo comenzó a
tomarlo, las convulsiones se atenuaron -de cerca de diez a una o dos al
día- e incluso cesaron. Dada la complicación en obtener aquel aceite, la
señora Wini comenzó a cultivar marihuana en su jardín, algo que, aunque
no es ilegal en Chile, escandalizaba a su familia. El médico que
trataba a Guillermo, escéptico al principio, se convenció luego de los
efectos benéficos de aquel aceite y llegó a escribir un artículo sobre
la terapia positiva que aquel tenía en el tratamiento de la epilepsia.
Según el Informe, los estigmas sociales y morales que recaen sobre
las personas que usan drogas hacen mucho más difícil que se libren de
ellas; el prejuicio que se cierne sobre ellas es asumido por las propias
víctimas, y esta autoculpabilidad agrava la necesidad de recurrir a esa
artificial manera de sentirse en paz consigo mismos. Una de las
estadísticas más elocuentes de este informe es que son proporcionalmente
mucho más numerosas las personas que se emancipan de la drogadicción en
las sociedades más abiertas y tolerantes con su consumo que en las que
la represión sistemática es la política reinante.
Aunque las razones que esgrime la Comisión Global de Política de
Drogas para pedir que cesen los prejuicios y clichés que acompañan a
cualquier tipo de drogadicción sean convincentes, mucho me temo que la
única manera en que aquellos vayan cediendo será la descriminalización
de los estupefacientes y a la represión reemplace una política de
prevención y tolerancia. Desde luego que la legalización entraña
peligros. Por eso, es importante que ella vaya acompañada de campañas
activas que, como ha ocurrido con el tabaco, informen a los ciudadanos
de los riesgos que aquellas representan, y de unas políticas efectivas
de rehabilitación. Las ventajas de todo ello se advierten ya en las
sociedades que han ido adoptando medidas más realistas frente a este
problema. De hecho, la legalización acabaría con la criminalidad que es
la peor de las calamidades generadas por las drogas. En países como
México la lucha de los poderosos carteles que se disputan territorios
deja decenas de muertos cada mes, contamina la vida política con una
corrupción que degrada la democracia y llena de zozobra y sangre la vida
social. Ella permite a los delincuentes amasar fortunas vertiginosas
como la del famoso Pablo Escobar, el asesino y narco colombiano que
ahora es el héroe de películas y seriales televisivas que aplaude el
mundo entero.
Uno de los argumentos con los que se suele combatir la idea de la
legalización es que, cuando ella tiene lugar, como ocurrió por ejemplo
con la marihuana en Holanda, país pionero en este dominio, aquello suele
ser un imán que atrae consumidores de droga de todas partes. Eso ocurre
porque los lugares donde aquella libertad se practica son muy pocos en
el mundo. En todo caso, ese es un fenómeno pasajero. Hace poco estuve en
Uruguay y pregunté qué efectos había tenido hasta ahora la nueva
política emprendida por el Gobierno respecto de la marihuana. Las
respuestas que obtuve variaban, pero, en general, la legalización no
parece haber estimulado el consumo. Por el contrario, algunos me dijeron
que, al desaparecer el tabú de la prohibición, para mucha gente joven
había disminuido el prestigio del cannabis.
Poco a poco, en todo el mundo hay cada día más gente que, como
promueve la Comisión Global de Política de Drogas, cree que la mejor
manera de combatir la droga y sus secuelas delictivas es la
descriminalización. Uno de los mayores obstáculos proviene, sin duda,
como lo profetizó Milton Friedman hace muchos años, de que hoy día
tantos miles de miles de personas vivan de combatirlas. larepublica.pe/domingo/1179713-la-percepcion-de-las-drogas